Sibila CampsArtículos destacados
   
   
Publicada en diario "Clarín", Buenos Aires, 24 de Abril de 1989
   
 

El cuento de nunca acabar


 

La primera vez se lo contaron Mané Bernardo y Sarah Bianchi, a través de Marote y de Matete, mientras El Contador de Cuentos, de mameluco y sombrero, sonreía viendo palmear a los chicos, como si fuera la primera vez que observaba a los pibes mirando una función de títeres.
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El cuento del reencuentro


Pero antes, El Contador de Cuentos les contó El cuento de los sueños del sapo. Desde sus ojos de agua y su barba de papel en blanco, Javier Villafañe les contó también El cuento del reencuentro, que había empezado a escribirse solo en 1933, cuando él andaba contando cuentos por las escuelas de todo el país y pidiendo dibujos a los chicos, y se había llevado el de un pibe de 10 años que vivía en Paraná, que figuró junto con otros en un libro publicado por el Fondo Nacional de las Artes.
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INICIATIVA DEL PROGRAMA CULTURAL EN BARRIOS


La Calle de los Títeres

Sibila Camps

En un lugar donde hay niños, siempre aparece alguien que cuenta cuentos. En este cuento (o nota, que por esta vez es lo mismo), también hay chicos. Muchísimos.

Son los que ayer fueron a la inauguración de La Calle de los Títeres, abierta por el Programa Cultural en Barrios de la Secretaría de Cultura de la Comuna. Anduvieron curioseando los muñecotes diseñados por Helios Buira, que asomaban entre las horquetas de los árboles en pleno otoño, y de las ventanas de las casas de la primera cuadra de la calle Baigorri, al 1500 de la avenida Caseros.

Desparramados sobre la vereda armaron sus propios muñecos, vistiendo cajas de remedios con papel crêpe, poniendo miradas de chapitas a sachets de leche, implantando hebras de lana en envases de yogur. Le ganaron al viento que intentaba llevarse sus papeles, y colgaron sus monigotes en la Guardería de Títeres.

Alertados por el redoble del tambor, desmontaron de sus bicicletas, pusieron la patineta bajo el brazo y corrieron de acá para allá tras el pregonero del Centro de Investigaciones Titiriteras, y –mientras algún papá descifraba el partido con la Spika en la oreja, mientras alguna abuela cargaba con la muñeca olvidada, mientras algún perro movía la cola sin entender nada–, se sentaron sobre adoquines festoneados de pastito frente a un retablo, y frente a otro, y a otro más, para escuchar cómo los títeres les contaban, una vez más, el cuento de nunca acabar.