Sibila Camps
En un lugar donde hay niños, siempre aparece alguien que cuenta cuentos. En este cuento (o nota, que por esta vez es lo mismo), también hay chicos. Muchísimos.
Son los que ayer fueron a la inauguración de La Calle de los Títeres, abierta por el Programa Cultural en Barrios de la Secretaría de Cultura de la Comuna. Anduvieron curioseando los muñecotes diseñados por Helios Buira, que asomaban entre las horquetas de los árboles en pleno otoño, y de las ventanas de las casas de la primera cuadra de la calle Baigorri, al 1500 de la avenida Caseros.
Desparramados sobre la vereda armaron sus propios muñecos, vistiendo cajas de remedios con papel crêpe, poniendo miradas de chapitas a sachets de leche, implantando hebras de lana en envases de yogur. Le ganaron al viento que intentaba llevarse sus papeles, y colgaron sus monigotes en la Guardería de Títeres. Alertados por el redoble del tambor, desmontaron de sus bicicletas, pusieron la patineta bajo el brazo y corrieron de acá para allá tras el pregonero del Centro de Investigaciones Titiriteras, y –mientras algún papá descifraba el partido con la Spika en la oreja, mientras alguna abuela cargaba con la muñeca olvidada, mientras algún perro movía la cola sin entender nada–, se sentaron sobre adoquines festoneados de pastito frente a un retablo, y frente a otro, y a otro más, para escuchar cómo los títeres les contaban, una vez más, el cuento de nunca acabar. |