Sibila Camps
“Es irreverente, rebelde, irrespetuosa. Es un pedazo de cultura en bruto, que le pega en el pecho al tipo que la va a escuchar. Al que está acostumbrado a meterse en un teatro para 150 personas le choca un poco; pero para la abuelita y para el jubilado, para el tipo que está acostumbrado a laburar diez, doce horas, y que va al tablado porque es su único entretenimiento durante todo el año, es la murga. Ahí busca todo: busca teatro, canto, expresión corporal, escenografía, vestuario, color, estética… todo. Sin saberlo, pero lo busca ahí”.
Así define Raúl Castro, libretista de Falta y Resto –una de las murgas más importantes en la larga tradición uruguaya, que se presentó anoche en el estadio Obras–, esta expresión de profundo arraigo popular, una de las manifestaciones interdisciplinarias más completas. “La murga llegó a Buenos Aires a fines del siglo pasado, y quedó medio pren-didita en el aire, más europea que en Montevideo, donde calzó más –resume Castro–. Ahí llegó en 1906 La Gaditana, una zarzuela española, de Cádiz. Se quedaron sin guita para los pasajes de vuelta, y salieron a hacer murga en la calle, disfrazados, pintados, con instrumentos de diferente tipo. Después apareció Los amantes al Engrudo, la primera murga uruguaya, y un montón de murgas clásicas, algunas de las cuales todavía existen”. |